Un torbellino de aromas: albahaca, harina y el heroico desafío de las lágrimas con las cebollas. Entre risas y una copa de vino, el chef nos desveló los secretos del risotto perfecto. Cortar, remover, probar: cada gesto era magia compartida. ¿Lo mejor? No es solo la técnica, sino la satisfacción infantil de decir «¡lo he hecho yo!», con harina en las mejillas y el corazón lleno. Una experiencia que alimenta mucho más que solo el estómago. Una pizca de caos y pura alegría.